Mi tercer deseo es...

Ya antes había escrito acerca de mis deseos. Recuerdo que, en ese momento, estaba convencida de que en la vida solo se podía tener uno, como si el corazón tuviera un límite o como si soñar demasiado fuera un exceso. Publiqué mi primer deseo con la certeza de quien cree haber entendido todo. Luego, casi sin darme cuenta, publiqué el segundo, y ahí entendí algo importante: los deseos no se reemplazan, se acumulan, crecen con nosotras, cambian de forma y se multiplican conforme vamos viviendo.

Hoy, en uno de esos momentos silenciosos donde la mente se llena de preguntas, pensé en la vida, en las decisiones y en las consecuencias inevitables que traen consigo. Pensé en lo frágil que es un instante y en cómo una sola elección puede cambiar por completo el rumbo de nuestra historia. Y entonces apareció mi tercer deseo, quizás el más imposible de todos: que existiera la posibilidad de viajar al pasado.

No para cambiarlo todo, no para borrar lo vivido, sino para sentarme frente a mi yo de otro tiempo, mirarla a los ojos y hablarle con una honestidad que solo da la experiencia. Decirle con exactitud qué camino tomar, qué decisiones pensar dos veces, cuáles abrazar sin miedo. Advertirle a quiénes puede amar sin reservas y a quiénes, aunque duela, no permitirles entrar tan profundo en su vida.

Creo que ese deseo nace de la necesidad de corregir errores, de aliviar culpas, de sanar heridas que en su momento no supimos cómo cuidar. Incluso quienes ya han llegado a una edad adulta, en la intimidad de sus pensamientos, alguna vez han dicho: “si tan solo yo hubiera…”. Esa frase nos visita en silencio, cargada de nostalgia, de arrepentimiento, de posibilidades que nunca fueron.

Sé que en la realidad el “hubiera” no existe. Sé que el pasado es un lugar al que no se regresa y que la vida no ofrece segundas versiones del mismo capítulo. También sé que estos deseos viven fuera de la lógica de lo posible y que quizá no deberían ocupar espacio en una vida que exige presencia y aceptación. Pero en mis pensamientos, y sobre todo en mis escritos, todo se vale.

Se vale imaginar lo irreal, se vale soñar con lo imposible. Se vale construir mundos donde el tiempo se detiene y las palabras llegan justo a tiempo. Tal vez no podamos volver atrás, pero escribir sobre ello es una forma de reconciliarnos con lo que fuimos, de entendernos mejor y de abrazar a esa versión nuestra que hizo lo mejor que pudo con lo que sabía en ese momento.

Y quizás, al final, ese deseo no sea tanto sobre cambiar el pasado, sino sobre aprender a vivir el presente con más conciencia, más ternura y un poco menos de miedo.

__A.

Escribo deseos que no existen en la realidad, pero que viven tranquilos en mis pensamientos. Aquí, donde todo se vale y soñar también es una forma de sanar. ✨🌼


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