Mientras pensaba en lo que verdaderamente me gustaría tener en la vida, llegué a la conclusión de que mi mayor deseo sería poder volar. No hablo solo de volar como lo hacen los pájaros, con alas visibles y un rumbo fijo, sino de sentir en cada día la libertad de elevarme, de flotar ligera sobre todo lo que conozco y también sobre lo que aún me falta descubrir.
Si ese deseo se hiciera realidad, pediría a Dios que jamás me dejara perder la magia de vivirlo, que no me dejara acostumbrarme hasta el punto de olvidarlo. Porque sé que, cuando algo se vuelve cotidiano, a veces dejamos de percibir su valor. Y yo no quiero que volar se convierta en un simple acto mecánico, como caminar o respirar. Quiero que cada vez que mis pies se despeguen del suelo y mi cuerpo se eleve, mi corazón se estremezca con la misma emoción de la primera vez.
Imagino lo especial que sería recorrer los cielos cada mañana. Pasar cerca de los árboles y sentir que sus hojas me saludan con cada movimiento. Cruzar montañas y verlas no como obstáculos, sino como testigos silenciosos de mis vuelos. Poder acariciar con la mirada los paisajes infinitos, las llanuras extendiéndose como si no tuvieran fin, y sentir que yo soy parte de esa inmensidad.
Lo más hermoso sería volar hacia el horizonte en el momento en que el sol comienza a esconderse. Ese instante en que el cielo se viste de colores imposibles, como si alguien lo hubiera pintado con pinceles de fuego y ternura. Volar en dirección al atardecer sería como perseguir un sueño eterno, como seguir el camino del infinito sin cansancio, con la esperanza de alcanzarlo aunque en el fondo sepa que nunca terminará.
Tal vez volar no sería solo un acto físico, sino un viaje espiritual. Sería sentirme libre de cargas, de preocupaciones, de miedos. Sería descubrir cada día lo especial en lo que a veces parece rutinario. Porque desde lo alto, incluso las cosas más pequeñas tendrían un brillo distinto: los ríos parecerían venas de luz, los pueblos pequeños se verían como joyas escondidas, y el simple hecho de respirar sería un regalo.
Si pudiera tener ese don, lo guardaría como un tesoro y lo viviría con gratitud. Y cada noche, antes de dormir, escribiría en estas páginas cómo fue mi vuelo del día, qué paisajes descubrí y qué sentí al mirar desde lo alto. Y daría gracias, porque volar no sería solo un deseo cumplido, sino una manera de ver la vida con ojos nuevos, todos los días, sin perder nunca la magia de lo extraordinario.
Comparto éstas fotos, que al verlas, me inspiraron en el deseo de volar en forma humana, y se dio este escrito. 
Gracias por leerme.
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