No hay una idea central

Me siento frente a mi computador con la intención de querer escribir, pero no tengo una idea central. Tal vez eso sea lo bonito de este momento: dejar que las palabras fluyan sin la presión de tener un tema definido, sin que la mente se limite a una sola cosa. Hace poco hice una encuesta para mis contactos de WhatsApp, preguntando: ¿sobre qué podría escribir? La hice en una plataforma de mensajes anónimos, con la esperanza de que las respuestas fueran sinceras, sin filtros. Quería que mis amigos, conocidos o incluso extraños, fueran parte de este pequeño espacio que me pertenece.

Las respuestas fueron variadas y curiosamente, muy humanas. Algunos me propusieron que escribiera sobre el amor, otros fueron más directos y un poco traviesos: “escribe sobre tu crush”. Algunos más profundos me sugirieron hablar sobre mi vida, mis experiencias personales, o incluso sobre la naturaleza y las cosas simples que solemos pasar por alto. Otros, los más críticos, me pidieron que escribiera algo sobre el mundo que nos rodea, sobre lo caótico y maravilloso que puede llegar a ser.

He pensado mucho en todo eso, y quizás en este escrito quiero darles un poco de cada cosa. No sé si lo logre, pero al menos lo intentaré.

¿Alguien tiene una idea clara de lo que es el amor? Yo no. Y sospecho que nadie la tiene del todo. Cada quien lo vive a su manera. Algunos dirán que es la experiencia más hermosa del mundo, que te hace sentir mariposas en el estómago y una sonrisa constante en el rostro. Otros dirán que el amor verdadero es el de una madre, ese que no exige nada a cambio y que permanece incluso cuando todo lo demás se derrumba.

Yo, por mi parte, no tengo una definición exacta del amor. Prefiero no idealizarlo, ni ponerlo en un pedestal como esta generación suele hacerlo. Creo que el amor no es una fantasía, sino un acto que nace de la buena intención y la complicidad mutua. No hay una forma perfecta de amar, ni un patrón que seguir. Amar no es una receta, es un riesgo.

Y eso aplica también para quienes tienen un crush. Primero nos atrae lo físico, luego empezamos a idealizar su personalidad, y sin darnos cuenta, construimos un castillo en el aire. Pero los castillos en el aire no tienen cimientos, y a veces uno termina cayendo. Yo he aprendido a no idealizar a nadie. Simplemente vivo el presente y disfruto de cada pequeño instante. Si me gusta alguien, lo vivo con calma, sin subir a las nubes para luego caer en picada. Me mantengo caminando firme, aceptando lo que venga, tomando o dejando.

Sobre mi vida personal, muchos podrían preguntarse si me he vuelto a enamorar. No sabría decir que sí, pero tampoco puedo decir que no. Solo soy humana, y como tal, he sentido cosas bonitas, he tenido confusiones, he sentido ese nudo en el estómago que no sabes si es miedo o emoción. Pero no me adelanto. No pienso tanto en una intención clara, solo en vivir el presente, porque la vida —esa que a veces se nos escapa entre los dedos— está llena de sorpresas.

Creo que las mejores cosas que suceden son las que no se planean. A veces hay que dejar que el destino tenga un poco de control, que el viento nos lleve a lugares que no esperábamos. Disfrutar más del entorno, observar la naturaleza, agradecer por lo que tenemos, conocer nuevos lugares, respirar sin prisa. Esas son las cosas que realmente llenan.

Y es que a veces la vida nos empuja a seguir un rol generacional: estudiar, trabajar, tener éxito, aparentar que todo va bien. Pero romper esquemas también es necesario. Ser libre no significa ser irresponsable, sino tener el valor de elegir tu propio camino, de seguir tus principios y valores sin dejar que el ruido del mundo te distraiga.

Yo solo quiero eso: ser libre, pero libremente aportar algo bueno al mundo. Que mis palabras, mis actos, o incluso mis silencios, tengan un poco de sentido. Tal vez este escrito no tenga una idea central, pero sí tiene un propósito: recordar que escribir, como vivir, no siempre necesita un plan.

_A.


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