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Hoy vuelvo a escribir porque siento que si no dejo que estas palabras salgan, mi pecho no va a resistir el peso que llevo dentro. Aún tengo la imagen de Don Hermides grabada en la memoria, como si el tiempo se hubiera detenido en esos últimos días, en los que su luz, esa que siempre regaló tan generosamente, empezó a volverse tenue… no porque él quisiera, sino porque la vida, injusta a veces, decidió apagarla lentamente.
Nunca pensé que presenciaría tan de cerca lo que es morir en vida. Es un concepto que siempre escuché, pero jamás imaginé el profundo significado que encierra. Ver su cuerpo ahí, respirando apenas, atrapado en una especie de cárcel silenciosa… su alma queriendo decir algo, queriendo responder, queriendo abrazar las voces y las manos que lo tocaban. Pero nada. Solo silencio. Y ese silencio gritaba. Gritaba cosas que el cuerpo ya no podía pronunciar.
A veces quiero creer que él nos escuchaba, que su alma estaba despierta aunque su cuerpo se apagara. Quiero pensar que sabía que estábamos ahí, que cada palabra de amor que su familia le decía le llegaba directo al corazón. Porque si algún hombre merecía una partida tranquila, acompañada de paz y gratitud, era él.
Don Hermides… un ser humano que se dedicó a dar. A dar sin pedir nada a cambio. Ayudó a quien pudo, amó con honestidad, trabajó con entrega y vivió con una nobleza que pocas veces se encuentra. Fue buen padre, buen hijo, buen amigo, buen esposo… y buena persona, sobre todo. De esas que dejan huella sin hacer ruido, de las que no necesitan grandes gestos para transformar un espacio: bastaba su presencia.
Qué dolor tan cruel es ver marchar a alguien que fue luz para los demás. Qué duro es aceptar que los buenos también se van, y que a veces la vida los somete a un final que no merecen. Porque él no merecía agonía. No merecía ese sufrimiento prolongado. No merecía esa batalla silenciosa contra un cuerpo que ya no le obedecía. Y sin embargo… así fue. Así lo despedimos lentamente, día a día, viendo cómo se desgastaba como una vela que se niega a apagarse por completo.
Y ahí entendí algo que no quería entender: que la muerte no siempre llega de golpe. Que también existe esta otra muerte, la que sucede mientras uno sigue respirando. La que borra la voz, la mirada, la capacidad de responder. La que deja al ser atrapado entre dos mundos. Y presenciar eso… presenciar esa oscuridad… me cambió. Me hizo sentir vulnerable, pequeña, humana.
Hoy, con el corazón arrugado, escribo para no olvidar. Para recordar que en medio de la oscuridad también hubo amor. Que su familia lo sostuvo, lo abrazó, lo acompañó hasta el último momento, aun cuando él ya no podía corresponder. Que cada visita era un acto de valor, aunque doliera ver cómo el cuerpo no mostraba señales. Porque el amor también se demuestra en esos silencios rotos, en esas presencias que duelen pero que son necesarias.
Aprecio a Don Hermides. Lo aprecié profundamente, y ese cariño no se irá con su ausencia. Sé que él también me tenía afecto, de esa manera sincera que nace del respeto y de los buenos gestos compartidos. Y sé que desde donde esté ahora, finalmente libre del dolor, puede ver cuánto se le quiso.
Solo le pido a Dios que le dé fuerza a su familia. Que los sostenga, que los abrace, que les sane el alma en este proceso tan duro. Y que a mí, que no soy de mucho llorar, me permita aceptar esta realidad sin sentir que se me rompe algo por dentro cada vez que pienso en él.
Hoy me quedo con su luz. Con lo que fue. Con lo que enseñó. Con el amor que dejó sembrado en tantos.
Descansa, Don Hermides. Aquí seguimos quienes lo queremos, aprendiendo a vivir con el vacío, pero también con la gratitud de haberlo conocido.
_A.
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Con tus palabras transmites parte de su identidad en vida, de alguna manera conforme pasan los años somos testigos de quienes en algún momento estuvieron ahí presentes y hoy son recordados por las acciones de su tiempo.
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