Hay teorías —por supuesto que las hay— que explican que las cosas simplemente existen por existir. Filósofos, científicos, poetas... todos han intentado poner palabras a ese misterio silente que nos rodea. Algunos sostienen que somos nosotros quienes le damos sentido a la vida si así lo queremos, que nada viene con una razón preestablecida, sino que somos los arquitectos de cada significado.
Pero si se mira bien, todo eso —esas teorías, esos libros, esos nombres que aparecen en negrita en la historia del pensamiento— parece quedarse abruptamente corto. Como si todo fuera un eco repetido que no logra tocar lo profundo. Porque, al final, ¿no son también solo palabras dichas por un hombre cualquiera? Un hombre cansado, muchas veces solo, hastiado incluso de su propia existencia. Un hombre que escribe sobre el sinsentido mientras fuma hasta matarse o bebe hasta olvidar. ¿Dónde queda entonces la coherencia entre el pensamiento y la vida?
Explican que algunas cosas son simples, que están por estar, sin propósito. Y que no todo lo que existe necesita una función. Como las personas que pasan por nuestra vida, como los sentimientos que no siempre se entienden: simplemente llegan... y a veces también se van. Y está bien. No todo necesita quedarse, ni tener explicación.
Pero el problema —o la pregunta más honda— no es si las cosas tienen o no sentido, sino quién decide creer en ese sentido. ¿La vida tiene sentido si así lo queremos? ¿O si así lo creemos? ¿Qué queremos creer, y a quién le creemos cuando la noche se pone densa y el alma no encuentra consuelo? Es fácil decir que “todo depende de uno” cuando se tiene la calma del privilegio o el escudo del conocimiento. Más difícil es sostener esa idea en la intemperie del dolor, en la intemperie del vivir.
Lo único cierto, tal vez, es que hay valores que no necesitan demostración ni teoría. Hay cosas que no se discuten en libros, pero que se reconocen en los ojos de quien vive con el corazón abierto: la honestidad, la verdad, la empatía, el agradecimiento, la fe. No una fe religiosa necesariamente, sino esa fe simple y poderosa en que lo bueno, lo auténtico, lo justo... un día se cosechará.
No sé si la vida tenga sentido o si simplemente se lo inventamos para no caer al abismo. Pero sé que vivir con verdad, hacer el bien, y agradecer incluso cuando no hay certezas, sigue siendo una forma noble —y profundamente humana— de resistir el sinsentido.
Comparto este dibujo realizado por mí en tiempos que me quedan libres, amo hacerlo. Lo titulé "Haciendo al amor"
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