Romanticismo de novela vs realidad: ¿dónde están los amores de Jane Austen?

Ella se llama Kira y es mi otro amor.
La rescaté de la calle y no me quiere, pero yo elegí amarla.


Desde que aprendí a leer, me enamoré del amor. Pero no de cualquier amor: del amor que aparece en los libros. De esos que empiezan con malentendidos, diálogos intensos y miradas que dicen más que mil palabras. De los que se construyen entre bailes, cartas escritas a mano y casualidades mágicas. Crecí creyendo que algún día iba a vivir una historia digna de Jane Austen o de alguna protagonista de novela romántica que camina por jardines y se cruza con un hombre serio pero de buenos sentimientos.

Pero después de unas cuantas experiencias (y ahora que estoy en la universidad), he empezado a darme cuenta de que la realidad es… otra cosa. Muy otra cosa.

Los libros de romanticismo —ya sea el clásico del siglo XIX o el más contemporáneo estilo Nicholas Sparks— tienden a idealizar no solo al amor, sino también a las personas. Los personajes siempre están dispuestos a cambiar, a esperar, a luchar por el otro. Y aunque me gusta creer que ese tipo de amor existe en algún rincón del mundo, la realidad cotidiana no es tan poética. Los "Mr. Darcy" no abundan, y si existen, probablemente están más ocupados revisando su Instagram que escribiendo cartas.

En la vida real, las relaciones muchas veces están llenas de contradicciones, tiempos que no coinciden, y expectativas que no se comunican. Hay sentimientos, claro. Pero también hay ghosting, miedo al compromiso, y gente que responde “jajaja” cuando le abrís el corazón. A veces parece que el amor real es más una cuestión de negociar y entenderse que de mariposas y declaraciones eternas bajo la lluvia.

Eso no quiere decir que los libros mientan, pero sí que muestran una parte muy filtrada de lo que es el amor. Lo embellecen. Y está bien, porque leer también es una forma de soñar. Pero creo que es importante no tragarse la historia completa como si fuera un manual.

Quizás, en vez de buscar vivir una historia igual a la de un libro, deberíamos escribir la nuestra con sus propios matices. Una historia donde haya amor, sí, pero también verdad, imperfecciones, desacuerdos y crecimiento mutuo. Porque tal vez el verdadero romanticismo no esté en lo ideal, sino en lo posible.

— A.

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