Fragmentos de mi raíz


Hoy volví a pasar por esas calles que me vieron crecer. Todo sigue igual… y a la vez, distinto. Las piedras del camino, la brisa suave de la tarde, el murmullo de los árboles —todo parece susurrarme recuerdos que viven en silencio dentro de mí.

Frente al templo, me detuve un momento. Había llovido y el agua formó un espejo perfecto en el suelo. Ahí, justo ahí, se reflejaba la iglesia de mi infancia. La misma que veía desde el portón de mi casa cuando salía corriendo a jugar con los vecinos. La misma que marcaba las horas con su campana, como si guiara los ritmos secretos de nuestra vida cotidiana.

Nunca he podido dejar de amar este lugar. No por lo grande, ni por lo moderno, sino por todo lo que guarda en su alma. Aquí aprendí a mirar los amaneceres como promesas nuevas, a admirar cómo el sol acaricia los techos por las tardes, y a encontrar paz en la quietud de cada anochecer. En mi pueblo, el tiempo tiene otro ritmo. Uno que se mide en memorias, en olores conocidos, en el saludo amable de quien te reconoce desde siempre.

A veces me pregunto si otros sienten por su tierra lo que yo siento por la mía. Si también se les oprime el pecho al recordar los juegos, las risas, las manos de la abuela cocinando, el primer amor cruzando la plaza. Yo sí. Y cada vez que regreso, entiendo que mis raíces están más vivas que nunca.

Quizás el mundo siga cambiando, alejándome. Pero este lugar… este pedacito de cielo, seguirá siendo mi refugio. Porque hay sitios que no solo se habitan: se llevan dentro. Y el mío, sin duda, vive en mí.

A.

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