A veces escucho lo que dicen de mí… que soy “buena chica”, que tengo esa forma suave de hablar, esa paciencia que a veces ni yo misma comprendo, esa atención que doy sin pensarlo, ese impulso que me mueve a actuar cuando otros dudan. Me lo dicen con una sonrisa, con admiración o incluso con sorpresa, como si fuera raro encontrar algo así.
Y yo solo asiento. Sonrío. No niego nada, pero tampoco me lo creo del todo.
Hay un secreto que guardo muy dentro y que tal vez nunca diga en voz alta: no siempre me siento así. No me siento tan buena como me pintan. No es modestia, ni tampoco un intento de esconderme. Es simplemente que no quiero —ni voy a— ser yo quien alardee de algo que debería notarse sin tener que decirlo. Jamás dejaré que mi boca diga lo que mis acciones deberían gritar por sí solas.
Prefiero que los demás vean, piensen, concluyan. Que si algo bueno hay en mí, lo descubran cuando les tiendo la mano sin que me la pidan, cuando me quedo escuchando aún cuando me deshago por dentro, o cuando hago algo pequeño que nadie nota, pero que hago con todo el corazón.
Porque al final, si tengo que decir que soy buena persona, ¿no estaría traicionando todo aquello que me esfuerzo en ser?
No lo diré. Que lo digan ellos. Que lo sientan ellos. Que lo comprueben con hechos, no con palabras. Yo me guardaré en silencio, como quien sabe que no necesita aplausos para seguir siendo lo que es… o lo que intenta ser.
_A.
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