Hoy desperté con esa sensación de vacío otra vez. Salí a caminar sin rumbo, con la esperanza de que el aire me despejara los pensamientos… pero lo que encontré fue más ruido. Gente corriendo a todas partes, mirando sus teléfonos, sin levantar la vista, sin notar que el cielo tenía ese color dorado suave que a mí siempre me parece un milagro.
Me duele decirlo, pero el mundo se ha vuelto frío. No me refiero al clima, sino a las personas. Ya casi nadie se detiene a mirar cómo las hojas caen o cómo el viento baila entre los árboles. Ya nadie parece asombrarse por lo simple: un colibrí, una flor que brota en la vereda, el sonido del agua cuando choca con las piedras. Todo eso que solía conmover al corazón… parece no importar más.
Vivimos rodeados de pantallas, de filtros, de falsas sonrisas. Pero ¿dónde está el alma? ¿Dónde quedó la empatía, el escuchar sin juzgar, el mirar con ternura a un desconocido? A veces siento que estamos tan enfocados en aparentar que nos hemos olvidado de sentir.
Hoy vi a una anciana sentada sola en un banco del parque. Nadie le hablaba, nadie se detenía a mirarla. Solo estaba allí, invisible. Y pensé: ¿qué clase de mundo hemos creado donde hasta los seres humanos nos volvemos parte del paisaje que ignoramos?
Extraño un mundo que tal vez nunca existió, o que solo está en los libros que me gustan. Un mundo donde la gente se abrazaba sin miedo, donde una puesta de sol valía más que una notificación, donde caminar descalza en el pasto era suficiente para sentirse viva.
No sé si soy yo la rara por sentir esto, o si simplemente hay algo muy profundo que todos hemos perdido, y ya nadie se atreve a decirlo. Pero hoy, al menos en estas líneas, lo dejo escrito: aún hay belleza allá afuera. Solo que hemos dejado de mirarla.
— A.
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