Tuve esa sensación que no tiene nombre, pero que aprieta el pecho. Como si algo se hubiera ido sin avisar, como si alguien —yo misma, tal vez— hubiera cambiado sin querer.
He pensado mucho en lo que leí anoche en Las olas, cuando Bernard dice que “las palabras no son sólidas. Son sombras, son ecos. Se rompen al tocarlas.” Tal vez no hablaba solo de las palabras, sino también de nosotros, los seres humanos. Frágiles, hechos de ideas que se deshacen. Mutamos, casi sin darnos cuenta. Lo que ayer parecía eterno, hoy parece ajeno. Y lo que un día defendimos con fuerza, al siguiente se nos cae de las manos sin ruido.
Me pregunto si en el fondo estamos condenados a no ser leales. No por maldad, no por falta de amor, sino por esta naturaleza nuestra: tan cambiante, tan inestable. Nos movemos como las olas —esa imagen no deja de resonar en mí—, cada pensamiento, cada emoción, va y viene como la marea. ¿Cómo podríamos entonces ser fieles a una sola idea, a una sola persona, a una sola versión de nosotros mismos?
Hay una tristeza profunda en esta verdad. Me parte un poco el alma entender que nada permanece del todo. Que incluso nosotros nos traicionamos suavemente al crecer, al elegir distinto, al sentir de nuevas formas. Que incluso el amor, ese que juramos eterno, puede diluirse entre los días como la espuma entre las rocas.
Hoy he sentido esa melancolía espesa. La de saber que no hay anclajes firmes. Que no podemos detener el cambio, ni en nosotros ni en los demás. Quizás por eso escribo, porque escribir es, de alguna forma, congelar una ola antes de que vuelva al mar.
Y aunque duela, aunque me haga mirar atrás con nostalgia, sé que en esa impermanencia también hay belleza. Como dice Rhoda, “la vida es un soplo que no se puede contener, una ola que no se puede atrapar con las manos.” Quizás solo se trata de aprender a bailar con las olas… y no rompernos cada vez que cambian.
-A.
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