Hoy desperté con ese pequeño peso cálido en mis pies, ese que me recuerda que no estoy sola. Mi gata, mi hermosa gata blanca, hecha de nieve y suspiros suaves, dormía plácida como si el mundo no fuera más que una canción de cuna.
No sé cómo explicar este amor que me nace por ella. No es solo que sea dulce o que tenga los ojos más profundos que he visto en un ser vivo. Es que con solo mirarme, sabe cómo estoy. No habla, pero entiende. Me sigue sin preguntar, me acompaña sin condiciones, me espera sin reproches. ¿Cómo se puede amar tanto a alguien que no necesita palabras para decirlo todo?
A veces, cuando llego cansada o triste, ella está ahí, como un hogar dentro del hogar. Con solo un ronroneo suyo, siento que la casa se llena de algo cálido e invisible. No es solo una mascota, es mi compañera. Vivimos juntas. Nos cuidamos. Nos elegimos todos los días.
La gente a veces no entiende este tipo de vínculos. Algunos la ven solo como "una gata", pero para mí, es parte de mi alma. Me ha enseñado a estar en silencio, a observar sin juzgar, a amar en la calma.
Hoy la miré mientras dormía sobre el sofá, hecha un ovillo de nube, y pensé: no sé cuántos años nos quedan juntas, pero cada día con ella vale por mil. Es un amor silencioso, sí, pero inmenso. Y no cambiaría nada.
— A.

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